Semanas laborales de cuatro días para frenar el cambio climático

A todos nos gustaría trabajar menos horas. Más aún, sabiendo que de esta forma podemos contribuir a mejorar el medioambiente. Sin dudas, un 2×1 que suena muy bien.

 

Cada vez más estudios afirman que reducir un día de trabajo a la semana resultaría en una disminución importante en las emisiones de carbono, gracias al descenso del consumo de energía.

 

El estado de Utah, en Estados Unidos, puso a prueba la teoría en 2007 con sus funcionarios. Redujeron la jornada a cuatro días, aunque mantuvieron las horas de trabajo semanales. ¿El resultado? En tan solo 10 meses, consiguieron ahorrar 1,8 millones de dólares en energía, al reducir la iluminación de oficinas, el aire acondicionado o la calefacción.

 

Reducir la semana laboral a cuatro días también tiene beneficios sobre la salud. En Suecia, reducir la jornada a seis horas diarias provocó un descenso de las enfermedades de los trabajadores. También mejoró de forma notable su productividad. Desde entonces, Jon Messenger, investigador de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ha firmado varios estudios a favor de la semana laboral de cuatro días.

 

Para Philipe Frey, investigador y contribuidor al Foro Económico Mundial, afirma que para desarrollar un sistema económico sostenible en el futuro debemos acabar con “los imperativos impuestos por las necesidades de la acumulación de capital y encontrar una manera de proporcionar un nivel de vida digno y respetar los límites planetarios”. “Dados los actuales niveles de intensidad de uso del carbón y la productividad actual, ¿cuánto trabajo nos podemos permitir?”, concluye.

 

La historia de las 40 horas semanales

 

Aunque hay profesiones en las que la distribución de la semana laboral es diferente (pensemos en policías, personal sanitario, dependientes, conductores de transporte público o trabajadores de aeropuertos), normalmente sigue el mismo patrón: trabajar ocho horas de lunes a viernes y librar los fines de semana. Así funciona el calendario desde que en 1905 la industria comenzó a implementar esta fórmula diseñada por Robert Owen en el siglo XIX. Ocho horas de trabajo, ocho de recreo y otras ocho de descanso.

 

Una de las primeras empresas en aplicarlo fue la Ford Motor Company. Dos años después probarlo, comprobaron que la productividad y sus ganancias se duplicaron. El resultado motivó a otras empresas a ponerlo en marcha. Así, la jornada de 40 horas semanales se estandarizó en Estados Unidos en 1937. Más de ochenta años después, ¿tiene sentido que las empresas sigan aplicando este modelo?

 

Si en su lugar aplicáramos la jornada de cuatro días, no solo conseguiríamos acabar con el desempleo y la precariedad, mejorar la productividad, la conciliación familiar o abordar problemas como la hipertensión o la ansiedad. También mejoraríamos el medioambiente. La descarbonización de la economía, la reducción de la temperatura global o el Acuerdo de París ya nos preocupan a todos. Es necesario encontrar soluciones y aplicarlas para que las próximas generaciones puedan tener recursos para vivir en la Tierra.

 

John Maynar Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, vaticinó que a principios de siglo viviríamos en una sociedad en la que no trabajaríamos 15 horas semanales. ¿Es el momento de cumplir con su visión?